26 enero 2012

Destripando a Natalia

Mi infancia, aunque cercana, a veces se me presenta turbulenta. En días como hoy la recuerdo tan nítida, como una época de gloria temprana demasiado espléndida para ser traducida en palabras tantos años después.

Pienso en aquellos días y descubro de repente que todo fue tan exquisito... yo era una criaturita colmada de imaginación y miedos, fusión pura de luz y oscuridad. Vivía en mi universo, como todo niño que realmente tenga la gracia de ser tal cosa, un simple niño; me escondía entre los pastos altos del jardín, tal vez porque el mundo era tan caótico de a ratos, que ahí abajo se estaba mejor.

Mi familia y yo vivíamos en una casa en el fin del mundo, con un parque que parecía abarcar la ciudad entera. Recordarlo de esta manera me llena de melancolía, porque siempre creí que viviría en esa casa para siempre; o, mejor dicho, que me iría de ella cuando diera el salto a la adultez y me mudara sola. De cualquier forma, a los cinco años me sentaba en la puerta de casa y, con una pequeña rana pegajosa en el bolsillo de la campera, disfrutaba de cómo se me perdía la vista en aquel verdor infinito. Todo era mío, absolutamente todo, y no había quién pudiera convencerme de lo contrario.

1 comentario:

Ale dijo...

Ese sabor a nostalgia de la temprana edad, de la inocencia, y de los lugares y personas que nos ligan a eso... puede ser un poco triste recordarlo, pero tmb lo hacemos porque eso nos hace sentir un poco vivos, recordándonos que no está marchito lo que alguna vez tuvimos si aún podemos recordarlo.

Un beso Natalí