15 octubre 2011

7 A

Desde mi ventana veo luces, muchísimas luces, siete pisos por encima del nivel de la humanidad.
Hace dos meses vivía en un lugar muy diferente, bastante verde, pero al ras del suelo; con la espalda y las manos en la tierra y los pies apuntando al cielo.

Mentiría si dijera que esto es millones de veces mejor, pero también si dijera que es peor. Aquí, arriba, el aire sopla más fuerte y se arremolina, y hace más frío que allá abajo... pero acá encontré un hogar, una calidez que allá en la tierra hacía rato había perdido.
Un día, hace mucho tiempo, me fui de aquel lugar que para siempre atesoraré como mío, mi raíz, mi tierra primera... me fui porque no podía crecer entre tanto caos, entre tanto dolor agridulce de existir ahí pero estarme haciendo tan mal; de amar ese lugar que me estaba destruyendo.

Algunas noches sueño con eso, con mi antigua ventana y la calle oscura a través de ella, con el frío de los cristales sobre el cual apoyé mi frente tantos días y noches; con el árbol que un día derribó una tormenta, con las rosas que mi padre plantaría para llenar ese hueco y nunca plantó.

En el cielo he soñado poco, he tenido muchas pesadillas y me ha costado dormir casi todas las noches. En el cielo no hay oscuridad como en la tierra, y a decir verdad extraño esa oscuridad silenciosa y perfecta, estremecedora.

Y heme aquí, desahogando penas, siete pisos por encima del nivel de la humanidad.

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