22 agosto 2011

Carta Pública VII

Cuando me conociste yo era yo, no se si Natalia, Tália, Talita, ya no se; pero se que era yo, la de ahora pero un poco antes.

Aunque el tiempo haya pasado, me miro al espejo y veo la misma desesperación en mis ojos, y esa desesperanza que no quiero que me coma viva hasta matarme.
Se que soy la misma porque me siento la misma, pero me veo las fallas... creo que sabes que siempre fui una experta en encontrarme defectos, y se bien por qué y me duele "crecer" y entenderlo.

A estas alturas, no se si valdría la pena enroscarme hacia atrás, y explicarte tantas cosas que no tienen sentido ahora... que tal vez, o tal vez no, hayan determinado ciertas actitudes en vos, o las hayan reforzado, o vaya uno a saber. Pero si vale la pena escribirte esta vez, aunque me hayas dicho hace mucho que leerme te confunde o te deja un poco mal.

Me gusta pensar que el tiempo, además de desgastarnos e irse llevando nuestra vida, nos hace crecer y entender las cosas al mirarlas desde lejos con una lupa; aunque en estos tiempos que corren, corren o la que corre soy yo, ya no se... no tengo casi ninguna certeza.

En el fondo de la cajita de las cosas que decir, o hacer, o pensar; queda una sola palabra que no se dice, ni se hace, ni se piensa: QUERER.

Desde que me conociste, cuando yo era Natalia, Nata, Nati o como fuera; mi vida siguió dándose vuelta, llevándome más abajo y más arriba que nunca, para variar. Y me pareció tierno, que en este momento, el de estar abajo, yo pienso en vos de repente y no espero que me des la mano para levantarme un poco ni nada de eso, siquiera espero que me dediques una respuesta para saber que te llegaron mis palabras... lo único que espero es que te sientas querido.

Cada tanto uno llega al fondo y a lo mejor entiende que la vida es un segundo, seguido de otro segundo y de otro más; y así hasta el final de los tiempos... y que cada uno de esos segundos puede cambiarlo todo radicalmente.

Yo ando por esas latitudes hace un tiempo largo, digiriendo la posguerra de la vida, acostumbrándome a que las cosas son de una manera que no me gusta que sean pero no hay nada que hacerle. Y desde acá abajo pienso en vos, y en tu decepción para con el amor y esas cosas... y me pongo encima el kilo de ego que dejé atrás y pienso que a lo mejor yo para vos fui una decepción enorme, y te pido perdón desde el corazón por haberte sumado ese peso, por haber contribuido a esa idea que tenías del cariño efímero.

Yo me encontré con eso de frente y me decepcioné enormemente, y desde entonces ando sufriendo como nunca había sufrido y comiéndome esa tristeza para mantener la frente en alto y los pies sobre la tierra. Entonces se me ocurre escribirte, ya que ando pensando en vos hace mucho tiempo. Se me ocurre escribirte y decirte que te quiero, así sin más vueltas y explicaciones y palabras idiotas que siempre están camuflando esas ocho letritas.

Te quiero, te quiero mucho y te pido perdón por haberte lastimado, o decepcionado, o lo que haya sido. Te quiero y te lo repito para que entiendas, que no sé qué hice mal, que hicimos mal, que faltó o que sobró, pero no exagero si digo que yo hoy estoy acá escribiéndote esto; porque vos ayer estuviste ahí sosteniéndome la mano, y eso vale, vale muchísimo.

Podría seguir escribiéndote por horas, siento que tengo tanto que decirte. Siento como si te hubieras ido de viaje y de repente me enterara que estas viviendo en frente de mi casa, y me invaden estas ganas de salir corriendo a decirte que tenés que saber que yo siempre te quise y que te quiero, que te aprecio como aprecio a pocas personas y que eso no es algo que te dicen todos los días, o tal vez si, si tenés suerte.

Podría seguir escribiéndote por horas y repitiéndote todo esto, pero en fin, no te escribí para justificarme, sino para que te sientas querido por un ratito, un ratito más.

1 comentario:

Miss Migas dijo...

Es curioso como hay veces que queries escribir, decir un montón de cosas y no parar; no parar nunca.

Muuá